Ellos

No entiendo cómo he llegado a esa situación. Ellos se agolpan en la puerta, en las ventanas. Puedo escuchar sus gruñidos, incluso a veces escucho crujidos de huesos que se rompen… De momento estoy a salvo, aunque no consigo que mi corazón se tranquilice. Mi respiración continúa acelerada y no puedo pensar con claridad.

¿Cómo empezó todo? Recuerdo que estaba trabajando en la planta de productos químicos. La jornada transcurría con monotonía hasta que de pronto todos escuchamos una gran explosión. Una columna de humo se apreciaba a lo lejos cuando nos asomamos por la ventana.

Provenía de la planta de investigación militar que hay a las afueras. Esa planta estuvo abandonada mucho tiempo, pero durante la invasión alemana el Fürer decidió volverla a abrir para luchar contra los rusos.

Parte de nuestra producción era trasladada a la planta, pero en los últimos meses se veía entrar y salir muchos camiones. También dicen que llevaban a trabajar allí a los prisioneros de guerra, a los que obligaban a manejar materiales peligrosos. Quién sabe.

Más golpes. Alaridos. ¿Cuántos hay ahí fuera? ¿Decenas? ¿Cientos? Me niego a morir escondido tras un sofá en el salón de mi casa, con un martillo y unos clavos en la mano. Trato de ordenar las ideas en mi cabeza. De momento la puerta y las ventanas resisten. Cuando llegué a casa tuve tiempo de apuntalarlas bien con unos tablones.

En la fábrica nos asustamos bastante, porque pensamos que estábamos siendo atacados. El pueblo está situado cerca de la frontera y los ataques rusos eran frecuentes. Sin embargo, no se escuchaban sirenas, ni aviones… tampoco hubo nuevas explosiones. Pusimos la emisora local y escuchamos que se había producido un accidente en la planta.

Aquella noticia nos tranquilizó un poco… al menos al principio. Había mucho movimiento fuera; ambulancias y vehículos militares iban y venían, lo que era normal dadas las circunstancias. Sin embargo, a las dos horas se empezaron a escuchar disparos lejanos. Ante la agitación de la fábrica, el patrón paró a unos militares y estuvo hablando con ellos. No sabemos qué le dijeron, pero nos recomendaron ir a casa y no salir a la calle.

La mayoría de los trabajadores fueron trasladados en camión a la ciudad, pero mi casa está cerca de la fábrica, en dirección a la planta militar. Durante mi camino a casa, me topé con varios cadáveres. Algunos tenían un disparo en la cabeza mientras que otros estaban salvajemente destripados. ¿Se habían sublevado los prisioneros?

Si efectivamente son prisioneros sublevados, tal vez me dejen tranquilo… Todo el mundo sabe que los polacos no sentimos simpatía por los alemanes. Pero tal vez no me den la oportunidad de explicarme, parecen tremendamente exaltados. Lo mejor será echar un vistazo.

Me incorporo tembloroso y escudriño entre los tablones de la ventana. Observo horrorizado cómo cientos de cuerpos sin vida se amontonan en ciertos puntos alrededor de la casa. ¡No! ¡Están vivos! Se mueven, aunque se aplastan unos a otros. Tienen los ojos nublados, amarillentos, con la mirada perdida y sin expresión. Echan espuma por la boca, se muerden y arañan entre ellos arrancándose pedazos en su esfuerzo por tratar de llegar a la parte superior de la montaña de carne que forman.

Entre sus harapos puedo distinguir trajes de prisionero y uniformes militares. No es una revuelta. Es como… una infección. Parece que tuvieran la rabia. La visión es escalofriante. Están fuera de sí. Hay cuerpos sin miembros tratando de avanzar, nada les importa ni les detiene.

¡Dios mío! ¡Creo que me han visto!

Me aparto de la ventana y vuelvo a esconderme tras el sofá. Ahí están ellos, golpeando el cristal. No hay duda de que se han percatado de mi presencia…

Suplico en voz baja, pero al segundo paro. Las palabras no me salen, estoy demasiado nervioso incluso para eso. Contengo la respiración en un último intento por pasar desapercibido, pero ellos no detienen su furia. Son muchos ¡cientos! Finalmente los cristales se rompen a causa de la presión. El ruido me deja helado.

Tratan de entrar. Sólo unos tablones me separan de ellos. Están clavados con unos clavos largos y fuertes, pero no sé si será suficiente. Estiran sus brazos entre los tablones, tratando de alcanzarme. Me quieren a mí… Siento los latidos de mi corazón en las sienes y me tiemblan las manos. No sé qué hacer, no tengo salida.

Esos seres muerden los tablones y los arañan hasta que se les rompen las uñas. El martillo no va a servirme de mucho si consiguen entrar. Son demasiados. Los tablones crujen y finalmente ceden. La ventana comienza a vomitar decenas de cuerpos que se esparcen por el salón gruñendo y gimiendo. Me miran, me señalan y gruñendo se acercan hacia mi…

Acomodo un clavo en mi sien. No creo en Dios, pero en ese momento lo necesito. Sólo le pido que mi mano temblorosa sea capaz de guiar el martillo en un golpe certero.



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