La casa de Boston

Claudeen y Patrick llevaban 5 años casados cuando se mudaron a Boston. Patrick tuvo que esforzarse mucho en el trabajo y hacer muchas horas extra para conseguir que su empresa le trasladara. Fueron muchos meses llegando tarde a casa, sacrificando su vida en pareja, pero al final obtuvo su recompensa: le asignaron un buen puesto en la ciudad en la que siempre quiso vivir.

Por su parte, Claudeen trabajaba como escritora y redactora freelance para algunas publicaciones online, así que el lugar de residencia no suponía un problema para ella. Estaba acostumbrada a quedarse en casa sola, trabajando con su portátil.

Cuando llegaron a Boston, estuvieron unas semanas viviendo en un pequeño apartamento alquilado mientras buscaban un lugar mejor. No tardaron mucho en encontrarlo: compraron una bonita casa no demasiado lejos de North End, uno de los barrios residenciales con más solera de la ciudad. La casa era antigua, de mediados del siglo XIX pero estaba bien conservada y aunque era cara, tenía un precio que se podían permitir. De estilo victoriano, tenía una fachada adoquinada donde destacaban unas agradables ventanas blancas. En cuanto la vio, Patrick supo que era el lugar perfecto. Siempre se dejaba guiar por su intuición y las primeras impresiones, y hasta ese momento no le había ido mal.

La casa tenía tres plantas y aún conservaba algunos muebles viejos de los anteriores dueños. La pareja se instaló y decoró la casa a su gusto, trasladando los muebles antiguos al desván a la espera de venderlos o deshacerse de ellos de alguna manera. Era precisamente esa estancia la que menos le gustaba a Patrick. Tal vez fueran todos aquellos muebles viejos, o que era la parte que aún no habían decorado, pero cada vez que subía allí tenía una sensación fría y extraña.

Claudeen lograba sacar algunos ratos para disfrutar de la ciudad, integrarse en el vecindario y hasta par acudir al gimnasio de cuando en cuando. Por el contrario, el nuevo puesto de Patrick era bastante exigente y a menudo llegaba tarde a casa. A pesar del cansancio, casi nunca conseguía dormir bien. Muchas noches tenía inquietantes sueños que por la mañana no lograba recordar. Patrick pensó que seguramente todo estaba motivado por el estrés del cambio, y que todo volvería a la normalidad cuando se hiciera a la nueva situación.

Pasaron varios meses, y la situación no mejoraba. Es más, Patrick comenzó a notar a Claudeen también extraña. Últimamente parecía más cansada y hablaba menos. Aunque había sido frecuente que Patrick pasara poco tiempo en casa, la pareja siempre encontraba momentos para tener largas conversaciones, pero ahora ella se mostraba más apática.

– Es esta maldita casa – se dijo – Antes de venir aquí todo estaba bien.

Patrick era tendente a la explicación mística e irracional de las cosas, y comenzó a preguntarse si la casa, de alguna manera, estaba influyendo en el estado de ánimo de los dos. Realmente la casa le agradaba, pero al mismo tiempo notaba había un clima poco confortable en ella.

Al día siguiente se propuso hacer algunas averiguaciones sobre la casa, su situación… pero no encontró nada llamativo. Y Claudeen seguía comportándose de la misma manera.

– Te pasa algo cariño? – le preguntaba en numerosas ocasiones a su mujer antes de acostarse.

– Estoy cansada – Era su respuesta más frecuente.

Patrick pensó entonces que Claudeen tenía la misma sensación que él sobre la casa, pero por no tirar abajo su ilusión por vivir en ella, ella se lo ocultaba.

Él estaba dispuesto a mudarse si era necesario, pero antes quería saber qué era lo que estaba pasando. Durante un tiempo, se estuvo quedando en el trabajo al final de su jornada con el objetivo de encontrar en la red algo que le sirviera de explicación. Esos días llegaba tan tarde, que Claudeen siempre estaba dormida. Pero por sus conversaciones telefónicas, la seguía notando particularmente hermética. Por su parte, continuaba sin descansar plenamente por las noches.

Tras una intensa investigación, una mañana se topó con algo en su oficina que le dejó helado. En la hemeroteca online del periódico local encontró una noticia en la sección de sucesos: Se trataba de la muerte de una mujer en 1954 a manos de su marido.

La mujer, Carla Foreman, estaba embarazada y murió estrangulada con un cable aparentemente por su marido, Zack Foreman, que padecía algún tipo de esquizofrenia. Zack desapareció y nunca más se supo de él, aunque algunas personas declararon haberlo visto saltar al agua desde el puente Tobin. La realidad es que la policía estuvo buscando su cuerpo en el rio Mystic, pero nunca apareció. Lo terrible de la noticia es que el asesinato se había producido en el 56 de Bennington St., la casa en la que vivían Patrick y Claudeen.

Aquella mañana, los minutos se le hacían eternos en la oficina. Patrick no sabía qué hacer… ¿tendría aquel terrible suceso relación con las extrañas sensaciones que tenían en la casa?
Fue al baño y se lavó la cara. Apoyado en el lavabo meditaba qué hacer.

– No tiene sentido – Se decía mirándose en el espejo – pero… ¿y si…?

Finalmente, se disculpó en el trabajo diciendo que no se encontraba bien y se dirigió a casa.

La mano le temblaba cuando accionó el mando del garaje. Introdujo el coche en el interior de la casa, despacio, y apagó el motor. Respiró hondo y tragó saliva un par de veces antes de salir del coche, sin saber muy bien cómo actuar. Introdujo la llave en la cerradura, y cuando se dispuso a abrir, alguien tiró de la puerta desde dentro.

– ¡Caudeen! ¿Te he despertado, mi amor?

Allí estaba ella, con un batín.

– ¿Ha pasado algo, Patrick? ¿Qué haces aquí?

Claudeen tenía la voz temblorosa. Claramente estaba asustada porque no le esperaba a esa hora. O tal vez había sucedido algo con la casa… todo tipo de pensamientos daban vueltas en la cabeza de Patrick.

– Cariño, vamos dentro. Tengo que contarte una cosa. Últimamente estamos extraños…

-¡Me estás asustando! vamos a la cocina, necesito un café.

En ese momento se escuchó claramente un ruido amortiguado que provenía de arriba. Ambos se quedaron inmóviles durante unos segundos.

– Siento haberte traído a esta casa – Dijo Patrick mientras comenzaba a subir la escalera.

– ¡No subas!

Claudeen tiraba de la chaqueta de su marido, pero éste estaba convencido. LLegaron al final de la escalera, donde estaba el desván. Poco a poco, Patrick fué abriendo la puerta.

– Amor…- gemía Claudeen por detrás, con la voz entrecortada.

Allí, frente a ellos había inmóvil una figura humana que se recortaba perfectamente contra el tragaluz. Un escalofrío recorrió la espalda de Patrick. Un escalofrío que le puso los pelos de punta. Su mano sudorosa tanteó la pared hasta dar con el interruptor de la luz.

Cuando se iluminó la bombilla, Patrick vió aterrorizado que ante sí había un hombre de pié, semidesnudo en inmóvil. Aquel hombre no le miraba a los ojos.
Claudeen entró titubeando en el desván y se puso frente a Patrick. Finalmente, la voz salió de su garganta.

– Tanquilo Patrick, puedo explicarlo… No es lo que parece.



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