Midiclorianos

Una agradable mañana de verano, fui con mi amigo Paquito a dar una vuelta al Parque del Retiro. Hacía una mañana agradable, y aunque unas nubes grises amenazaban lluvia no hacía demasiado calor.

Tras unos minutos de paseo, nos sentamos en un banco y comenzamos uno de nuestros serios debates.

– El tema de los midiclorianos es una de las peores cosas que tiene esa trilogía.
– Estoy de acuerdo – Mi amigo asiente con la cabeza.
– Y lo que es peor – continúo – con una tecnología tan avanzada es ridículo pensar que tengan que ir haciendo análisis de sangre por ahí para medir los midiclorianos ¿Por qué no tienen unos medidores de energía como los Scouters de Ki de Dragon Ball?

Paquito me mira perplejo.

– ¿Y para qué querrían algo así?
– Pues para vencer o perder peleas sin derramar una gota de sangre.

Mi amigo continúa con la misma cara.

– Verás -le explico – Debemos suponer que en la galaxia sólo hay unas pocas criaturas en las que La Fuerza es realmente fuerte. ¿Por qué matar a esas criaturas si pueden resultar útiles si las atraes a tu bando?
– Ya veo por dónde vas…
– Si un Jedi con un nivel de midiclorianos alto se enfrenta a otro con un nivel muy inferior, éste último debería aceptar su derrota y huir o rendirse sin tan siquiera pelear. Y podría elegir entre tener una muerte honorable o pasarse al otro bando si fuera el caso.

Mi amigo ríe.
– Si fuera así, los Jedis con niveles inferiores estarían continuamente cambiando de bando en función de con quién se crucen por la calle. Serían una suerte de políticos españoles con túnica.
– !Ja,ja! Tal vez… Lo más importante es que con Scouters de midiclorianos se podrían detectar criaturas que potencialmente serían grandes Jedis o Siths. Es como la vida misma, todos tenemos un Scouter de Ki natural.

De nuevo, he conseguido despertar la curiosidad de Paquito.
– Me vas a tener que explicar eso – Me dice
– Es lógico. Por ejemplo, mira a aquel hombre.

En frente nuestro, un tipo apura un refresco mientras consulta su móvil sentado en un banco.

– Observa su aspecto. Cabeza rapada, pendientes, camiseta oscura de tirantes, los tatuajes… Todo te da información sobre él.
– ¿Y?
– Los brazos tatuados y bien moldeados te dicen que se preocupa por su físico y que es más fuerte que tú. Su tez morena y curtida te dice que pasa mucho tiempo a la intemperie. Por tanto es un tío rudo, curtido en mil batallas… De alguna manera y sin quererlo, estás midiendo su nivel de midiclorianos.
– Se te va la olla, Carlos. Yo cuando miro a ese tipo veo un tipo de barrio, normal. Seguramente interesado por la música punk.

Niego con la cabeza.
– No. Aunque no te des cuenta, estás midiendo su nivel de midiclorianos y comparándolo con el tuyo. Es algo innato, es un mecanismo de superviviencia.
– ¿Supervivencia?
– Sí. Nunca se sabe, pero en cualquier momento podría llegar a ser una amenaza para ti.
– ¿Ese tipo? ¡Venga ya!
– Yo creo que podría partirte por la mitad si quisiera
– Osea según tu teoría ese tipo es un Sith en potencia.
– Si. O un Sith consumado. Vete a saber la cantidad de odio que alberga en ese cuerpo.

Ambos le miramos en silencio. En ese momento, el tipo sube la cabeza y nos mira fijamente. A los pocos segundos desvía la mirada con desidia y continúa con el móvil.

– ¿Crees que nos ha escuchado? – pregunta Paquito
– No lo creo. Pero es normal que te preocupe, puesto que tiene más midiclorianos que tú.
– Y dale…
– No, en serio. ¿te has dado cuenta? Él está haciendo exactamente lo mismo. ¿Has visto la mirada que te ha echado? Ha comenzado a analizarte.
– ¿A mí?
– Sí, claro. Te he dicho que es algo innato, todos lo hacemos. Te ha visto y ha analizado tus midiclorianos.
– A ver, listillo ¿Y qué conclusión habría sacado?
– Fácil: Te ha visto alto pero delgaducho, poco desarrollado muscularmente. Piel fina y muy blanca, un tipo que rara vez sale de casa, que siempre está protegido por sus padres, que no tiene experiencia en los avatares de la vida, con poco pelo y…
– Ah, vale. Muchas gracias
– Un tipo con un bajo nivel de midiclorianos, en definitiva.

Se produce otro silencio. Tal vez me he pasado con mi amigo, pero es lo que pienso. Ambos estamos absortos en nuestros pensamientos, mirando al suelo. De pronto, como si lo hubiéramos ensayado, alzamos la mirada al mismo tiempo y contemplamos al tipo de enfrente.
Él también nos mira. No hemos sido muy discretos esta vez. Tal y como sucedió antes, el tipo hace una especie de mueca y vuelve al móvil.
Disimulamos un poco y continuamos hablando.

– Lo ha vuelto a hacer – digo.
– ¡Qué dices! el chaval está a sus cosas…
– Bueno, él lo tiene claro. Y tu… tú también estás asimilado la situación.
– ¿A qué demonios te refieres ahora? ¿Qué te ha dado con ese pobre idiota?

Esta vez mi amigo ha alzado la voz, lo que hace que el tipo de enfrente nos mire fijamente, como tratando de averiguar si efectivamente estamos hablando de él. Paquito se pone un poco rojo y trata de disimular.

– ¿Lo ves? Cada uno ha asumido su papel en este juego – susurro
– Qué papel ni qué papel…
– Ni siquiera fuiste capaz de aguantarle la mirada – insisto
– ¡Él también apartó la mirada!
– No, su gesto fue de absoluta indiferencia como un elefante observando una hormiga. No supones una amenaza para él, puesto que tienes menos midiclorianos.
– La madre que te parió… Eso se llama educación.
– No, se llama supervivencia.
– Me estás dando la mañana.
– Te estoy abriendo los ojos.
– ¿Estás queriendo decir que me asusto simplemente porque un tío lleve tatuajes?
– No, por toda la información que te ha dado tu Scout innato… No te quedes en los detalles.
– Tú es que eres tonto, de verdad.

El tío de los tatuajes estruja la lata de refresco y la tira descaradamente al suelo… demasiado cerca de nosotros. Está claro que sabe que hablamos de él, y parece algo molesto. Ha sido un gesto de desafío.

– ¿Ves? – Le digo en voz baja- Tú eres un tío muy cívico, y no le has dicho nada por lo de la lata.
– Claro que no le voy a decir nada. Es un maleducado y punto. Qué vamos a hacer…
– Ya. Pero ¿y si la hubiera tirado un gafitas con cara de tonto? A él sí le habrías recriminado.
– Pues no lo se…
– No lo haces porque tu scouter te dice que no lo hagas. Tienes menos midiclorianos.
Paquito pone los ojos en blanco y suspira.

Nos quedamos callados de nuevo, mirando al suelo. Hacemos un tremendo esfuerzo para no volver a mirar a aquel tipo. Al poco, Paquito rompe el silencio.

– Creo que estás dejando algo de lado. No siempre el más fuerte gana. A veces suceden cosas que favorecen al débil.
– Sí, pero eso queda en manos de la probabilidad o la suerte, algo que resulta un tanto peligroso… Sobre todo teniendo en cuenta que él se habrá enfrentado a muchas batallas y ahí le tienes. Sobrevivió a todas ellas. Tu porcentaje de suerte aún está por probar.
– Eso es mucho suponer.
– ¡No, es la información que te dan tus sentidos! ¡Tu scouter de Ki! ¡Mírale!
– Prefiero no hacerlo Carlos, ya nos ha pillado varias veces.
– ¿Por qué él sí puede mirarte descaradamente a tí? Si tuviera menos midiclorianos que tú ¿Crees que te importaría mirarle fijamente? ¿Realmente te importaría que se diera cuenta?

Paquito reflexiona en silencio. Si esperarlo, levanta la cabeza y se queda mirando fijamente a aquel hombre.
El tipo se da cuenta y también le mira. Paquito se muestra firme y pasan unos segundos que parecen eternos. Ambos mantienen la mirada, mientras imagino dos siluetas delante de un tragaluz en el que se contempla toda una galaxia. Dos guerreros. Con un zumbido encienden sus sables de luz y se analizan para encontrar el punto débil del adversario. Cada uno busca un golpe certero con el que acabar con el otro. Dos samurais compitiendo por sus creencias, por no permitir la imposición del otro, por salvar cada uno el mundo en el que cree.

– ¿Te pasa algo, payaso?

Las palabras de aquel tipo nos sacaron de golpe del trance. Uno de los guerreros estelares corta al otro por la mitad con un rápido movimiento, antes de que la escena se esfume definitivamente de mi mente.

– Anda Carlos vámonos que no quiero movida – me dice Paquito en voz baja.

Nos levantamos y abandonamos aquel lugar a un ritmo adecuado; ni muy rápido para no demostrar cobardía, ni muy lento para no cabrear más a aquel tipo. Cuando salimos de su campo visual, aceleramos el paso.

– Eres tonto -le digo – Si hubieras hecho caso a tu Scouter interno…
– Efectivamente soy tonto. Pero por seguir hablando contigo.



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